martes, 19 de junio de 2007

La Plaza Mayor - Amaru Barahona


La Plaza Mayor
Amaru Barahona
Publicado en El Nuevo Diario, Lunes 18 de Junio de 2007 - Edición 9642

La urbanística colonial española estuvo rigurosamente reglamentada por la Corona. En el siglo XVI, una ordenanza de Felipe II detalló el diseño de las ciudades que se construyeron a lo largo y ancho de la América Española. La ordenanza prescribe un trazo de tablero y dentro de él un cuadrante vacío, enmarcado por los edificios que simbolizaban el poder y hacia donde debían confluir las calles de la ciudad. Este cuadrante vacío, sin edificios, era la Plaza Mayor.

En las ciudades mediterráneas la Plaza Mayor debía establecerse en el centro de la ciudad, a diferencia de las no mediterráneas, donde debía estar de cara al mar, al lago o al río. Ejemplo de Plaza Mayor en ciudad mediterránea es la de la ciudad de México; de ciudad puerto es la plaza de La Habana. En Nicaragua, tenemos los casos de León y Granada; León con Plaza Mayor de ciudad mediterránea, y Granada, con Plaza Mayor de ciudad lacustre.

En los siglos coloniales, la Plaza Mayor fue el espacio de socialización cotidiana de todos los desiguales. Espacio de intercambios mercantiles, de ceremonias civiles y religiosas, de espectáculos punitivos (la inquisición o la horca), de festividades interestamentales, de práctica de la mendicidad y de práctica de la caridad. Los estamentos coloniales (españoles, castas, indios, negros) lograron en este espacio romper los rígidos compartimentos étnico-raciales y desarrollar una experiencia de comunicación intercultural que cristalizó en eso que hoy se conoce como mestizaje cultural latinoamericano. Esa síntesis de culturas (hispano-judeo-árabe, indígena y africana) que forjó un nuevo fenómeno identidario que al sur del Río Grande se le denomina “latinoamericano”, y al norte de ese río como “hispano” o “latino”.

La “Independencia”
Después de la “Independencia”, la Plaza Mayor hispanoamericana sufrió algunas transformaciones, como el cambio de nombre (Plaza de la República, de la Independencia o de la Constitución) y la construcción frecuente de un parque aledaño. Pero conservó su esencia: el de punto de encuentro de todos los desiguales y referente del imaginario colectivo. La Plaza Mayor siguió siendo el símbolo de cohesión de la vida urbana. No es casualidad que cuando William Walker incendió Granada y decidió colocar el letrero “Here was Granada”, no se le ocurrió otro sitio para subrayar la desaparición de la ciudad, que el sitio donde había estado la Plaza Mayor de Granada.

Como sabemos, Managua surgió como capital sin tradición histórica. Surgió como un recurso para moderar los rencores entre las oligarquías granadina y leonesa. Sin embargo, esta capital postiza desde sus inicios se preocupó por construir su Plaza Mayor mirando al lago, como correspondía a una ciudad lacustre.

La Plaza Mayor de la vieja Managua que recuerdo coincide con la era de la dinastía Somoza. Con su parque aledaño y los edificios que la enmarcaban: el Palacio, símbolo del poder político; la Catedral, símbolo del poder religioso; y el club social, símbolo de la notabilidad. Aquí desfilábamos los colegiales para celebrar las efemérides patrias. De aquí salían las procesiones y aquí convergían los desfiles de carnaval. Aquí también socializaban todos los desiguales: deambulaba conversando “Peyeyeque”, un recordado personaje popular; los limpiabotas y los mendigos veían pasar a Manuel Zurita, el presidente del Congreso; Lazlo Pataky con el acento de judío húngaro que nunca perdió, bromeaba con las muchachas que vendían quesillo y tiste.

Aquí, siendo adolescente, recuerdo que sentí por primera vez los dardos de cupido. No sé bien si en un carnaval o desfile de colegios, me encontré de una muchacha que me sonrió y me miró de una forma que me provocó palpitaciones aceleradas. Nunca conversé con ella, pero durante meses fue la niña de mis sueños.

Igualmente, en esta plaza se vivían colectivamente las conmociones sociales. Cuando Rigoberto ajustició al viejo Somoza, el país estuvo preso de un ánimo que combinaba incertidumbre con esperanza. Pero nadie sabía con certeza qué ocurría y qué podía suceder. Yo era un chavalo curioso y no me resignaba a vivir esa atmósfera de angustiosa perplejidad. Decidí dirigirme a la Plaza Mayor donde me encontré una cantidad de analistas populares que explicaban las últimas nuevas y debatían sobre lo que nos esperaba en el futuro. Después de escucharlos, regresé a mi casa más confundido.

De la plaza salió el pueblo que fue masacrado el 22 de enero de 1967. El 10 de enero de 1978, cuando asesinaron a Pedro Joaquín Chamorro, el pueblo salió iracundo y desesperado a las calles, y se tomó Managua por tres días. Ya Managua era el campamento que levantó Somoza Debayle después del terremoto, y la Plaza Mayor era un espacio enmarcado por las ruinas. Sin embargo, ese espacio se convirtió en el cuartel general de la insurrección popular.
Revolución y neoliberalismo
Después vino la revolución. Cuando los guerrilleros sandinistas tomaron Managua, no se les ocurrió concentrarse en el Bunker, que era el símbolo del poder de Somoza Debayle. Se concentraron con el pueblo delirante en la Plaza Mayor de Managua que pasó a llamarse Plaza de la Revolución. Durante más de una década se convirtió en el espacio-símbolo de socialización de quienes defendimos la revolución.

Por último, llegó el neoliberalismo. Que se empeña en romper los lazos de socialización humana y convertirnos en especie de individuos zoológicos que compiten destruyéndose para acceder al consumo. En fantoches manipulados, carentes de identidad y memoria histórica.
La destrucción por Arnoldo Alemán
--instrumento fétido-- de la Plaza Mayor de Managua, sustituyéndola por un pegoste alienante, no sólo fue el efecto reactivo del rencor oligárquico para borrar de la memoria una década de revolución. Fue algo más profundo. Respondió al propósito neoliberal de eliminar nuestra conciencia identidaria como pueblo y arrasar con nuestra memoria histórica. No es fortuito que la destrucción de la Plaza Mayor coincidiera con la aparición en Managua de los Malls, que son el corazón de la city neoliberal. La antítesis de la Plaza Mayor como espacio-símbolo del imaginario colectivo.

Reconstruir la Plaza Mayor de Managua es un acto de reconciliación con nuestra historia que trasciende la vivencia insoslayable de los años revolucionarios y nos reconcilia también con los orígenes y la identidad de nuestro pueblo.

Si en la coyuntura se comete un acto de barbarie, es el que cometen los empresarios mediáticos al servicio del neoliberalismo, que se obstinan en convertirnos en un rebaño de monigotes amnésicos.
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