sábado, 31 de marzo de 2007

Muro de Alambre. Para nosotros, los que vivimos de espejismos. Por: Daniel Pulido, 2002.

Muro de Alambre
Para nosotros, los que vivimos de espejismos
Por: Daniel Pulido, 2002.

I ¡Miren, vean hacia el cielo! ¡Es un pájaro! ¡No, es un avión! ¡Es un bombardero! ¡Un misil Tomahawk! ¡Un meteorito! ¡Una hamburguesa! ¡Un hot dog! ¡No, …es Súperman! Y el baboso creyéndose tantas adulaciones se pone a dar volteretas y volantines complicados mientras los malandrines en la tierra se dan gusto robando y matando. En una de esas el héroe, deslizándose a velocidades supersónicas, incurre en un descuido fatal y se estrella contra el brazo derecho de la Estatua de la Libertad. De semejante golpe contra esa mole de hierro y granito, el superhombre universal destroza su cabeza de acero y cae en picada terminando de despedazarse contra la base del monumento. Nadie le puso kriptonita, como decía un rumor esparcido por el consabido periodismo sensacionalista, simplemente, en la vida real, a cualquiera le puede suceder un accidente de esta magnitud.
La noticia del fallecimiento de Clark Kent alias “Súperman” se difundió velozmente a través del diario El Planeta; en segundo plano aparecía un titular más pequeño y una foto de la Estatua de la Libertad sin su brazo derecho y sin su antorcha. El mundo estaba convulsionado ante tan fatal suceso, inmediatamente Rambo pidió a la Casa Blanca que le enviaran un avión expreso para asistir a los funerales. No podía faltar en esos momentos de dolor para toda la sociedad americana, además le había venido echando el ojo a Luisa Lane. Su única duda sobre una relación estable con Luisa era acerca de cómo competiría él, con su pequeño pene de carne y hueso, frente a la dureza de un miembro viril de acero inoxidable y frente a la velocidad de cadencia en los movimientos de cadera a los cuales Luida debía estar acostumbrada. Esa noche Rambo por fin se bañó con jabón y se puso una camiseta limpia, sin mangas, bastante ajustada como era su costumbre. Por el camino se iba preguntando si esa muerte no formaría parte de algún malévolo plan de los rusos, los cubanos o los iraquíes y, mientras eso pensaba se le crispaban las manos sobre su inseparable ametralladora.
Cavilante iba el Capitán John Rambo, observando las nubes a través de la ventanilla del avión, cuando desde afuera alguien le hizo señas, era el Capitán América quien también se encaminaba a los funerales de Súperman. Platicaron por gestos durante varios minutos, coincidían en sus sospechas acerca de una fatídica acción terrorista del comunismo internacional. Sin embargo para el Capitán América era demasiado difícil volar a una velocidad tan lenta como la del avión, razón por la cual decidió decirle adiós a Rambo y adelantarse para arribar pronto a Washington. Rambo iracundo se quedó blasfemando contra los comunistas, pero con lo impulsivo que es, apretó el dedo sobre el gatillo de su arma y le abrió un gran boquete al techo de la aeronave. Por supuesto el aparato cayó en picada y estalló en el aire antes de estrellarse contra el mar. Los tucos de Rambo salieron volando en varias direcciones, por un lado su bayoneta, por otro su ametralladora, por aquí su pañuelo de barras y estrellas, por allá sus dientes apretados en mueca póstuma. El Capitán América alcanzó a escuchar el estallido y regresó velozmente al lugar del accidente, era demasiado tarde, solo encontró fragmentos de fuselaje y carne humana flotando diseminados en el área. Era algo demasiado trágico, ahora él debería arribar a su destino portando otra sobrecogedora y funesta noticia, recogió la pañoleta ensangrentada de John y llorando como un chavalito dirigió su vuelo raudo hacia la sufrida patria de Rico Mac Pato.
Ya había iniciado la ceremonia cuando llegó. Sobre la negrura de un cielo triste y sórdido, destacaba la cúpula iluminada de la Casa Blanca, y sobre ella un brillante óvalo amarillo con la silueta de un murciélago negro. Inmediatamente supo el Capitán que también Batman debía estar en el lugar. Trató de entrar discretamente, no sabía cómo ni a quién dar la fatal noticia de la cual era portador, el Presidente levantó la cabeza cuando lo vio llegar, y de larguito le tiró un guiño de ojo y una sonrisa escuálida. Capitán América se acercó cauteloso al lugar de Su Excelencia y sin poder contenerse más, sollozando exclamó en voz alta: ¡Señor Presidente, el Capitán John Rambo acaba de morir! Todas las cabezas acongojadas se levantaron como impelidas por un mismo resorte y miraron en dirección al superhéroe, el Presidente atontado miró a la concurrencia y, levantando los brazos al cielo mientras caía de rodillas clamó: “¡Nooooooo, my God, Rambo Noooooo! ¡es demasiado éste dolor para nuestro país, nooooooo! ¡Fuck, damm it! Enseguida el séquito de guardaespaldas corrieron a levantarlo, el hombre estaba pálido y sin sentido, le acostaron sobre una mesa cercana y le quitaron la corbata para darle mayor entrada de aire. El Capitán América perdió la compostura y exclamó: ¡Todo esto es obra del comunismo, del terrorismo, de quienes envidian la gloria de nuestro país, pero juro ante ustedes que vengaré esta afrenta!.
Batman más calmado se acercó y le dio respiración boca a boca al Presidente, no era tan grave la cosa, no era necesario llamar al 911. Sacó de su baticinturón un batispray y lo roció sobre el rostro de Su Excelencia, éste reaccionó rápidamente, se incorporó, y mandó a llamar inmediatamente a la criatura más rica del país, era imperiosa la ayuda de Rico Mac Pato para develar el complot que, estaban seguros, se movía detrás de los últimos sucesos. Mac Pato era un tipo duro de convencer cuando de dinero se trata, pero debían hacer todos los esfuerzos posibles por obtener unos cuantos billones de dólares e implementar enseguida un plan eficaz y demoledor contra los terroristas.”¡No dispongo de esa cantidad señor Presidente!” chilló Mac Pato, “Yo entiendo la urgencia de la situación, ¡pero es mucho lo que usted me pide”! La negativa de Mac Pato estaba siendo escuchada por toda una legión de abatidos superhéroes en el salón oval; sin embargo la Mujer Maravilla salió al frente de la situación y, con voz melosa y algunas palabras obscenas musitadas quedamente sobre la bocina del teléfono, convenció a Rico sobre el desembolso del dinero. Todos en el salón se relajaron cuando ella asintió sonriente mientras, con el dedo medio erecto destacando entre los otros cuatro dedos empuñados en su mano derecha, hacía un ademán triunfal pero poco convencional en estos altos círculos, aunque muy popular en los Estados de la Unión.

II Mac Pato decidió entregar personalmente el dinero, no deseaba desprenderse de tal cantidad de dinero a través de una frígida transferencia bancaria. Con ayuda de Donald preparó y cargó su viejo avión bimotor, comprado en un bodega de chatarras de la segunda guerra mundial, ya listos, despegaron de Patolandia con destino a Washington. Como era habitual, los entrometidos sobrinos de Donald: Hugo, Paco y Luis, también abordaron, igualmente a Daisy, la eterna amante de Donald y Mac Pato, quien no podía perderse una oportunidad tan estupenda de lucir sus vestidos, ondular su blanco y sensual culo y, sobre todo ir a chismear donde los sucesos eran de primera mano.
El bimotor alzó vuelo con dificultad, la noche de Patolandia no ayudaba, lucía peligrosamente electrificada. Mac Pato iba histérico, una vez más los artificios seductores de la Mujer Maravilla le habían hecho flaquear. Poco le importaban a él las muertes de Súperman y John Rambo, tampoco le interesaban los sufrimientos del Presidente o del Consejo de Estado. Solo se consolaba imaginándose sumergido entre los prometidos senos americanísimos de la Mujer Maravilla o explorando su sexo enorme como el Gran Cañón. Sabía que allí moriría su histeria y encontraría sosiego para su alma atormentada por la pérdida del dinero que iba a entregar. De repente un fuerte bamboleo lo sacó de su ensimismamiento, Donald gritaba aterrorizado, Daisy, presa del pánico lloraba en un rincón mientras abrazaba a los tres sobrinos pequeños, era todo para ellos, el avioncito se venía a pique a causa de su edad y por exceso de peso. El motor derecho recalentado hizo explotar la hélice en pedazos y con la llamarada el fuego se propagó rápidamente. Los vecinos de Patolandia observaron pasmados la caída en picada de una bola de fuego que fue a estrellarse contra un cerro cercano. Sí, definitivamente un oscuro complot terrorista estaba dando los frutos esperados.
Varias ambulancias arribaron al lugar de la tragedia velozmente, solo encontraron humeantes los restos de la nave de Mac Pato. El lugar apestaba a plumas chamuscadas y carne incinerada. Pero cuando los paramédicos repararon en la fabulosa cantidad de oro y fajos de dinero que estaban dispersos por el área, se olvidaron de aquel legendario profesionalismo tan alabado en las series de televisión y se abalanzaron como bestias primitivas en pos del botín.
Debido a la alta eficacia de los medios informativos norteamericanos, la sombría noticia entró atropellando jardines, salones, comedores y oficinas de la Casa Blanca. Batman se acordó por un momento de aquella película estúpida y exageradamente fantasiosa en la cual una invasión extraterrestre casi termina con el planeta. “Esto no puede estar pasando, debe ser una pesadilla” pensó, ¡Aquí algo anda mal y es hora que Batman investigue!”. Dando un amplio giro a su baticapa atravesó el salón oval a grandes pasos mientras, con rápidas batiseñas, invitaba al Capitán América y a la Mujer Maravilla para que lo siguieran. El Presidente no dijo nada, estaba indefenso, pero comprendió inmediatamente: Aquellos tres gigantes del patriotismo encontrarían la forma de que el imperio saliera airoso una vez más. Antes de partir rumbo a su histórica misión presentaron el último adiós a los muñones de acero retorcido metidos en un ataúd. Solo la capa, el uniforme azul con rojo (y tal vez otros detalles físicos íntimos conocidos exclusivamente por Luisa Lane) permitan identificar a quien en vida fuera Clark Kent: El más famoso de los héroes norteamericanos.

III Los tres se pusieron en camino. Batman, que no era ningún pendejo, mandó para el incómodo asiento trasero de su Batimóvil al despistado y lloroso Capitán América. Mientras tanto acomodaba galantemente en el asiento de copiloto a la monumental Mujer Maravilla. Los tres habían convenido iniciar la investigación viajando por tierra, era más seguro, sobre todo teniendo en cuenta el patrón de las últimas muertes. Batman ordenó a sus pasajeros abrocharse el cinturón y prepararse para el empellón supersónico de su automóvil. Miró de reojo los muslos largos y las carnes firmes de su copiloto y se excitó al punto de una batierección cuando observó, ya sin reparos, los pujantes y descomunales senos de la Mujer Maravilla poniendo a prueba la elasticidad del cinturón de seguridad que apenas los sujetaban. Ella por su parte sonreía seductora, tenía la certeza de que esa misma noche terminaría echándose un inolvidable batipolvo con el hombre murciélago, en memoria de aquellos amigos muertos en condiciones bastantes sospechosas.
El Batimóvil se desplazó raudo, había tres lugares claros por donde empezar la investigación, estos eran los sitios donde habían ocurrido los trágicos sucesos. Irían de atrás para adelante recopilando pistas y pruebas. Así que dirigieron su primera jornada de viaje a Patolandia. A pesar de la velocidad del Batimóvil, el cansancio los doblegó antes de alcanzar la mitad del recorrido. Como buenos gringos, buscaron un motel de camino en el cual alquilaron tres cuartos separados. Cada quien se dirigió a su aposento, aunque Batman presentía que su copiloto le visitaría más tarde. Por esta razón dejó su puerta sin seguro y apagó la luz de su habitación. Desnudo se aventó sobre la cama para esperar la ansiada visita de la Mujer Maravilla. Ya se estaba durmiendo cuando sintió un cuerpo voluptuosamente caliente meterse bajo sus sábanas. De inmediato sintió una fuerte, apasionada y tierna succión a su batifalo. Se aferró a los bordes del lecho y se dejó llevar por la sabiduría y la sensualidad de aquellas manos, aquellos labios y aquella lengua que se apoderaban de su baticuerpo y lo llevaban al borde del éxtasis amoroso. Entonces sintió cómo su ardiente espada flamígera era conducida e introducida magistralmente entre lubricadas y cálidas paredes de carne. En ese momento, soltó los bordes de su tálamo y se aferró a las caderas denudas de su amante, dispuesto a rematar con estilo y vigor la gloriosa faena. Para su estupor se encontró con unas nalgas bastante peludas y, explorando un poco más confirmó lo inevitable, cuando sus trémulas batimanos se toparon en la oscuridad con el par de enormes y velludos huevos del Capitán América quien se meneaba impúdicamente ante la ya incontenible batierupción orgásmica del atónito Bruno Díaz.
La luz de la habitación se encendió de repente. Batman, en un veloz gesto reflejo para él, jaló de su máscara que yacía sobre la mesa de noche y se la puso con agilidad pasmosa al tiempo que cubría sus partes pudendas con la sábana. Por el contrario, el Capitán América desnudo de la cintura para abajo no tuvo tiempo de nada, aunque a decir verdad, tampoco le importó mucho que sus compañeros de aventuras conocieran a estas alturas su más escondido secreto. La Mujer Maravilla estaba desnuda, con el dedo en el interruptor y con los ojos desorbitados. Miraba a uno y otro de los amantes sin acertar sin balbucear palabra alguna. No era posible que dos de los más legendarios superhéroes de América contrariaran los preceptos más representativos de la moral cristiana y de la sociedad que les idolatraba. Ella reconocía su promiscuidad, era verdad, pero jamás se le habría pasado por la cabeza caer en estos pecados en contra de natura. Súbitamente se percató del penetrante olor a semen y sudor que inundaba aquella habitación. Sin decir nada recogió su traje de heroína y salió de allí, dando tras de sí un portazo que se escuchó a lo largo y ancho del motel.

IV El segundo día de camino a Patolandia transcurrió en un silencio casi absoluto. Esta vez la Mujer Maravilla viajaba en el incómodo asiento trasero del Batimóvil y el Capitán América hacía las veces del copiloto. El ambiente era bastante tenso y caluroso, razón por la cual Batman oprimió un botoncito que transformó la nave en un cómodo descapotable. Sin embargo, la atmósfera entre ellos continuaba bastante pesada; para rematar, los tres iban rascándose, desesperados, metiendo con urgencia compulsiva las uñas bajo sus trajes ultramodernos. Habían sido víctimas de las pulgas y los mosquitos que atestaban el motel donde habían dormido la noche anterior. Por un momento llegaron a pensar si verdaderamente valía la pena semejante sacrificio. Una cosa era vapulear, encarcelar y matar facinerosos, tarea que les causaba enorme placer; pero enfrentar un ejército de pulgas y zancudos verdaderamente constituía una prueba de valor superior a la suma de valentía de los tres. El Capitán América se rascaba y pellizcaba por encima y por dentro de su uniforme, metía la mano completa debajo de su capucha roja y hurgaba con sus dedos adentro del antifaz. Por su parte la Mujer Maravilla introducía sus largas y cuidadas uñas entre los senos, se rascaba con ásperos sonidos adentro del calzón y se daba pequeñas cachetadas en la nuca y las costillas, mientras maldecía y blasfemaba, sacaron a relucir un variado repertorio de vulgaridades hasta ahora desconocidas por sus compañeros de viaje y por sus admiradores en todo el mundo. Pero el más afectado era sin duda el Hombre Murciélago, las características de su batiuniforme y el mismo hecho de ir conduciendo el batimóvil por caminos tan intrincados como aquellos de Patolandia, no le dejaban rascarse a gusto. Lamentaba no haber diseñado un batichunche capaz de prevenir o eliminar la ignominiosa picazón que le aquejaba. Solo le quedaba resistir, tratar de concentrarse en las curvas de la autopista, revolverse y contorsionarse adentro de aquella coraza sintética que le ahogaba. El auto zigzagueaba peligrosamente cuando alguna roncha en Batman se tornaba virulenta. El estrés causado por la prisa de cumplir con la misión encomendada no les permitía detenerse; por otro lado, no querían dirigirse la palabra a causa del disgusto entre ellos; pero además era imperiosa la necesidad de mantener intacta su imagen de héroes y heroínas con alta capacidad de resistencia en condiciones extremas. Fueron miles de millas y varias horas en ese trajín. El sol los calcinaba, iban empapados de sudor, los trajes se les adherían a la piel sin ninguna clemencia. A estas alturas la Mujer Maravilla se había despojado del sostén y prácticamente se arrancaba jirones de su enrojecida piel utilizando para ello el filo de sus uñas y las puntas de su estrella dorada. El Capitán América tenía recogida su licra roja a la altura de los muslos y lucía sus blancas carnes salpicadas de pequeños puntos sanguinolentos. Batman por su parte se había despojado de su baticapa y su baticamiseta para pasarse con más comodidad un baticepillo de alambre que siempre llevaba en la caja de herramientas. Se aproximaban a una curva peligrosa cuando una aguda picazón obligó a Batman a meter su mano derecha debajo de su batimáscara buscando un incómodo punto de la nuca, en ese momento sintió otro pinchazo intenso justo en la mitad de la espalda, fue tal la magnitud del prurito, que instintivamente dirigió su mano izquierda en busca de la comezón. Fue entonces cuando el Batimóvil perdió el control y se desbocó por un profundo precipicio, dando vueltas en el aire, rebotando contra las rocas del barranco, deshaciéndose progresivamente en su caída vertiginosa, hasta ser recibido por un lecho de rocas puntudas que terminaron con la famosa nave. Ninguno de los superhéroes tuvo tiempo reaccionar. Solo Batman en último momento utilizó su baticuerda disparándola hacia arriba para engancharla en una de las salientes del abismo. Oscilando como un péndulo maltrecho observó los últimos metros de vida de su batimóvil y los senos rojos de la Mujer Maravilla sacudiéndose al compás de los rebotes del auto. Una gigantesca lengua de fuego llegó hasta Batman alcanzando a lamerle las piernas. Al fondo yacían los restos carbonizados del batimóvil, el escultural esqueleto calcinado de la Mujer Maravilla y algunos trozos de carne blancuzca de quien en vida fuera el Capitán América. Aún atontado, Bruno Díaz emprendió la escalada en busca de la autopista que conducía a Patolandia.

V La dificultad de un ascenso bastante escarpado y los rayos calcinantes del sol obligaron a Batman a despojarse definitivamente de si batimáscara. Había perdido la capa en el accidente y su batitraje lucía lastimosamente sucio, polvoso, y chamuscado. Cuando por fin tocó el asfalto gris se desplomó exhausto y perdió el sentido. No supo cuánto tiempo estuvo allí tirado, pero recobró el conocimiento gracias a un chorro de agua que le arrojaron en la cara. Levantó con dificultad los párpados y abrió instintivamente los labios blancuzcos para recibir un reparador sorbo de agua tibia. Pensó inmediatamente en su batimóvil, en la cruda realidad que estaba viviendo y en los riesgos que estaba corriendo su patria. Seguramente alguien les había llenado adrede las habitaciones del motel, a él, la Mujer Maravilla y el Capitán América, con miles de pulgas y mosquitos. Al parecer los terroristas estaban eficazmente organizados, había que proceder con máxima cautela y astucia, no podía confiar en extraños como estos que le ofrecían agua, posiblemente le acababan de dar veneno. Sin embargo, pasados unos minutos, no sentía ningún efecto extraño. Los sospechosos que lo habían recogido habían improvisado un lecho para él sobre el piso del camión desvencijado en el cual viajaban. Desde allí los observó con disimulo pero con detenimiento. Parecían gente muy humilde; nadie lo miraba, algunos dormitaban cabeceando al vaivén del camión, otros miraban con la vista perdida en el horizonte, como escudriñando algo que Batman no podía adivinar. Quiso incorporarse pero aún daba vueltas la cabeza y tenía todo el cuerpo adolorido. Se miró, alguien le había quitado los jirones de su batitraje y le había puesto ropa ajada, pero limpia. “Ya se despertó este maje”, dijo uno de los viajeros, “Qué pasó chele, entonces ¿para adónde vas?”. Aunque comprendía muy bien lo que le decían gracias a su perfecto dominio del español, no le convenía responder, posiblemente le estaban haciendo un hábil interrogatorio para obtener información militar. Por eso no dijo nada, se limitó a observar con mayor detenimiento el interior del camión, buscaba armas, explosivos, municiones; pero solo veía maletas de tela, mochilas pequeñas con impresos de las muñecas “Barbie” o de Michael Jackson. Una que otra gallina, varios recipientes con agua y algunos canastos con verduras y frutas.”Parece que este hijueputa no habla español, además es un jodido raro ¿No le miraste la ropa que traía puesta?, parece que venía de alguna fiesta de disfraces ¿No será que es gringo? ¿Do you speak english mister?” Batman no respondió, le convenía seguir fingiendo que no entendía, solo sonreía para reforzar la imagen de estúpido que deseaba mostrar. Al parecer no lo habían reconocido. ¿Qué clase de personas eran estas incapaces de reconocer al famoso Hombre Murciélago? Definitivamente algo andaba muy mal en este sitio, tal vez estaba a punto de descubrir algo importante que podía significar el final del complot contra su amada patria. De repente el camión se detuvo bruscamente e hizo un inesperado giro sobre la misma autopista. El chofer le imprimía máxima velocidad al vehículo haciendo rechinar las llantas durante la maniobra. Todos los viajeros mostraban caras de pánico. A lo lejos se escuchaban sonidos de sirenas y helicópteros que se acercaban cada vez más. El camión perdió el control y salió del camino para ir a encajarse en una duna. Todos los ocupantes salieron huyendo del vehículo dejando sus pertenencias, gritaban y corrían en dirección a una interminable malla metálica que cortaba el horizonte. Batman se bajó con calma, agitó los brazos en señal de saludo mientras sonreía; reconocía a las patrullas y los helicópteros artillados de la gloriosa policía americana y dijo para sí “!Vienen a rescatarme!, ¡Aquí termina el complot terrorista! ¡Hola, soy Batman, soy Batman, soy Batman!”. Para su sorpresa sintió zumbar balas cerca de su humanidad, ¡le disparaban a todos los que huían! Ya los primeros fugitivos comenzaban a caer tendidos en su propia sangre. Bruno Díaz decidió correr también, le dolían las piernas y arrastraba el pie derecho quemado en el accidente de su batimóvil, pero a grandes zancadas, corriendo y escondiendo la cabeza de las balas que le perseguían, logró alcanzar la malla metálica. ¡Estos hijos de puta de la migra son unos asesinos! Eso fue lo último que escuchó el Hombre Murciélago cuando trató de escalar el muro de alambre. Una ráfaga le cercenó la espalda, se deslizó lentamente hasta quedar recostado contra el alambrado. Lo último que vio antes que la sangre le llenara la boca, fueron sus batibotas con las cuales había pateado a tantos maleantes en su vida.

Pulido, Daniel (2002) Cro-Nicas para la Edad del Hambre. Talleres de la Editorial Universitaria de la UNAN-León, Nicaragua.
Publicar un comentario en la entrada