viernes, 6 de abril de 2007

Carta a Tania Montenegro - Zürich, diciembre 1997 Por Maria Dolores Alvarez

Carta a Tania Montenegro - Zürich, diciembre 1997.

Señora Tania Montenegro:

Mi estimadísima amiga, qué pasó con la sopita de queso con gallina que le estaba esperando allá en el Norte, o se quedó en Penefi? O tal vez solo alcanzó la última rosquilla que había quedado abandonada porque estaba un poquito rotita?

Yo aquí, mi queridísima hermana, con un fin de año escalofriante, los ríos congelados, los lagos a punto de congelarse, y en el día, unos dieciséis grados bajo cero. Divertida viendo a tanto espíritu deambulando con un trapero de cebolla, siempre trapos en capas, que con gusto duplican el volumen y peso original de sus neblinas.

Los primeros días de frío los agarré en Paris, con menos seis grados, con mucho sol y nadita de nieve, pero lo peor lo pasé, hasta ahora, en Tübinguen, Alemania, con menos dieciseis a pleno sol y a medio día, con poquísima nieve. Luego, aquí en Zürich, con menos diez, con un poquíto de más nieve, que ya casi ni uso el suéter pues uno se acostumbra a este frío del carajo. Y si supieras que mi amigo estaba sufriendo de frío (!!) en su taller allá por el barrio de Doña María y de la tia Candidita. Estaba por mandarle una de mis costillas congelada. Vieras que matizada, me da risa aún ahora que estoy escribiendo.

En honor a la verdad, mis pensamientos de fin de año estuvieron de lo más mezclados:

Un suspiro enorme estuvo dirigido a Pablo Cerda y a Noel Irías. Fuí en Paris al cementerio de Père Lachaise y puse una flor roja natural y "robada", por supuesto, en las tumbas de Jim Morrison, llena de cigarrillos, flores y otras cosas mejores..., y de Edith Piaff, y claro que recordé su inmortal canción de La Vie en Rose.

Y allí tomé un poco de tiempo para reflexionar, bajo tremendo frío y hermoso sol de invierno, en la sociedad de los poetas muertos, y pensé en todas esas tumbas que guardan misteriosas, conocidas y desconocidas almas de tristes mortales...

Y claro que pensé en el cementerio 11 de Julio donde se llevan a cabo otras importantes ceremonias... Y en aquel hermoso velorio de Noel, con sus fotos, con la música, los cigarros... Y allí, discutiendo a solas con su alma, aún rondando entre nosotros los vivos. De sus interminables matizaderas, de las carcajadas y discusiones que tenía con mis hijos, la Claudia y Julio, cuando lo descubrían comprando zanahorias y frijoles en latas, cigarro en boca, en algún supermercado del desierto capital de Managua.

Mi siguiente pensamiento fué en las enormes patotas de la Torre Eiffel, cuando, después de tomar las fotos de obligación, hechas por mi prima Norma López, caminamos sobre una gran avenida de pasto y setos, y allí bajo tremenda torre encontré una moneda de un centavo francés, y como jugando pensé en la suerte que hasta hoy he tenido..., y como un zás vino un rayo a mi mente y pensé en mi abuela Lola Montenegro, y solamente cuatro días después supe que, ese día y más o menos a esa hora, había fallecido en su lecho de enferma en San José, Costa Rica, en compañía de todos mis tíos..., aunque ella seguramente se fué con la ilusión de morir de parto como le había asegurando su médico de cabecera.

Ella era la última de tres hermanos: el tío-abuelo Hilario, aquel viejito del cine, manejando un carrito FIAT celeste que tenia desde la eternidad, que siempre hablaba con gran amabilidad y andaba tapando los besos de las películas mexicanas, a pesar de correr el peligro de que el público ansioso de la ciudad de Estelí, le gritara: ¡¡cácaro!!.

La tía-abuela Virginia, aquella señora inmensamente gorda que me enseñó, como mujer de esa curiosa estirpe, a bordar fantasías y a tejer ilusiones, haciendo puntos de cruz, ojos de perdiz, rellenos, enroscaditos, la puntada doble, el sombreado, las cadenas, y los pilares. Siempre recuerdo su enorme vitrina llena de huevos chimbos, de papitas tostadas, de trocantes, de churritos, de suspiros, de rosquillas, de rosquetes, de amores secretos, de tanta infancia feliz en aquella casa, llena de rosas rojas, amarillas, anaranjadas, chiquitas, grandes, de petalos dobles, de las chinas, de todo. Todavía en el jardín de la Dochita Valenzuela quedan unos chotes de aquellas flores hermosas de mi casa de infancia. Y el río, bajando el guindo, hasta las pozas, como la Joya, lugar siempre misterioso, donde en invierno y con lluvias, de nuevo se ven los pecesillos, que ya casi estan desapareciendo.

Y así, la moneda encontrada en la Torre Eiffel, es para mi un símbolo de la continuidad de esa sangre que llevo y que se ha transmitido de generación en generación, y claro, con ella también los secretos dejados por los ancestros en rituales, confesorios, lugares escondidos para las citas de amor, en sahuanes (San Juanes) estrechos, como un cierto rincón oscurito allá cerca del puente de hierro, donde un beso cambió mi alma triste, en un alma de nuevo chispeante. Y así, miré hacia el cielo azul, y pensé: tengo tanto quehacer todavía!!

Luego, anduve de un lado a otro entre museos, galerías, cafetines, las callecitas en el barrio latino, la plaza de Saint Michel, la Iglesia de Notre Dame, el Sena con sus arrogantes puentes y sus curiosos visitantes de barco, que toman fotos por todos lados.

Estuve en el Centro Pompidour, matizando con las esculturas mecánicas de Tinguely, y subiendo y bajando tubos plásticos en escaleras eléctricas que te hacen sentir como un frijol en las tripas de un gigante.

Anduve en el Louvre y, como es de esperar, vi a la Mona Lisa o a la Gioconda, o como usted lo quiera decir, de todos modos hombre o mujer, fea o bonita, autoretrato ególatra o arte, la tal Mona Lisa siempre te queda viendo, desde cualquier lado que te pongás. Y allí está: calmada, tranquila, viendo con sus pupilas atentas a cuanto feo, bonito, chaparro, murruco, chino, timbon, fideo, cotorro, pedorro, tufoso, y todas sus (as), se acercan a verla. Ya me imagino las risas que tiene acumuladas de ver cuanto tonto la queda viendo con cara de huevo estrellado antes del desayuno...

Y ya casi me quito el brazo para reponerle a la pobre Venus de Milo el que se le ha perdido, le ha de hacer muchísima falta, te imaginas, cómo las pasará cuando tiene que rascarse... la espalda, ves mal pensada, aunque sería difícil, aún con todo y mi brazo, que le ayudara a su angel vecino si es que acaso le pica... la nariz, por que la ha perdido con todo y cabeza.

Luego fuí al Museo de Orsay, que antes era una estación de tren, donde por supuesto estan los impresionistas. Subiendo y subiendo escaleras, pasando de un cuartito a otro, sin saberlo, mis ojos se encontraron con una sorpresa: el autoretrato de Van Gogh, todavía con oreja, y allí sentí algo que nunca antes había sentido: mi nariz, mi boca y mis cachetes se pusieron calientes, y hasta que la Normita me tocó el brazo, me dí cuenta que estaba llorando, recordando las líneas de aquel viejo libro que un buen amigo me prestó, llamado El deseo de vivir, que relata en forma de novela la biografía del gran maestro.

Recordé los pasajes donde Van Gogh estuvo en las minas de carbón, y luego en aquel cuartito pequeño, y de los campos donde llevaba sus bastidores, sus pinturas y sus pinceles. De las burlas de sus vecinos, de las amistades escasas, de los amores frustrados, de sus interminables pláticas con los Matise, los Manet, los Degas, los Renoir, los Touluse-Lautrec, y los desconocidos. Y de su hermano que era el único que le compraba sus cuadros. Y así, sin sentirlo, el tiempo pasó, y la mujer francesa con una voz fina y delicada nos decía: ferme, ferme, es decir cerrado. Entonces, con toda la tristeza que me alcanzaba en mi humadidad, bajé aquellas escaleras, y al salir, el frío de menos seis me recordo de nuevo la vida, y mis amores.

Y con una resignacion que se calmaba con deseos de volver a Paris, tomé de nuevo el tren y partí hacia otro destino, en Tübinguen, donde vivió Hölderlin el gran poeta, y Hegel, el filósofo "del mundo al revés" como decían Carlos y Federíco.

Y allí, el río Nekcar, el 1ro. de enero, con unos veinte grados bajo cero, se congeló, y los cuidadanos de esta ciudad, caminaron y patinaron junto con los visitantes sobre el río, en donde, claro!!, habían resbaladas, nalgazos, trompazos, chichotes, mojados, y de todo. Es la primera vez que subo a un río congelado, y pienso que para ser primero de enero de 1997, además de sentir la gran alegría mezclada con actos de clara y palpable regresión infantil, me dije a mi misma: que ya tengo que salir de mi contemplación, y tengo que empezar a mover mis lados dormidos.

Y así, mi estimada Tania, estoy de nuevo en Zürich, frente a la máquina, que es mi esclava y hace todo lo que yo quiero, lo cual me encanta, por que no anda protestando por nada, y así la hago sudar la gota gorda; pero lamentablemente no es humana y no puede sentir mis emociones, ni tampoco me puede arrullar cuando estoy con nostalgia, entonces, hablo con la pantalla y con las paredes, y escribo como una triste prisionera de celda, mis locuras.

Le pido mis disculpas por las irreverencias, procacidades, inverbalidades y horrografías, expresadas en estas líneas, y no me queda mas que desearle a usted y su gran séquito, mis mejores deseos para que lleguemos a ver el dos mil, porque por lo que veo el "enmedio" será jodido.

Si usted lo desea, y los improperios e importunios expresados aquí, salen a salvo de la férrea censura de sus refinados gustos, tenga usted a bien de comunicar, o enseñar, semejante salsa a Doña Carola, Don Miguel, Doña Marta Leonor y Don Bayardo, y todo a quien no le importe ser serio, puesto que el lema es: "Estoy de acuerdo con los que no estan de acuerdo".

Siempre suya, de usted, de algunos más, pero no de todos, chivísima, le saluda muy afectuosamente, con todas las reverencias del caso.

LaMaríaDoloresAlvarez.
En el 5to día de la creación del año del mil novecientos noventa y siete.


Autorizo la divulgación de este material exclusivamente en círculos de poco refinamiento y de dudosa prosa y poesía.

Todos los errores ortográficos, semióticos y gramaticales, son completamente conscientes. Solamente queda a salvo la intención de la autora, yo misma, de no dejar desparramadas mis locuras, y asi evitar la inevitable entropia.

Cualquier atropello cometido contra algun famoso o contra algun desconocido es pura casualidad o pura coincidencia, y ya sabrá perdonarme San Pedro cuando llegue a sus puertas.
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